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Refutación Eroski Consumer

Postura de mi equipo científico acerca de la ciencia de la alimentación y las enfermedades de la civilización

 

Maelán Fontes Villalba, Óscar Picazo y Pedro Bastos

 

Habitualmente no suelo intervenir en intercambios de impresiones ante textos no escritos en revistas científicas por varias razones. Una de ellas es porque la mayoría de las veces no me siento identificado cuando se habla de paleodieta, como explicaré posteriormente, y la otra es que habitualmente se habla de temas que ya han sido ampliamente abordados en la literatura científica hace mucho tiempo (por ejemplo, que la esperanza de vida de los cazadores-recolectores no pasaba de los 20 años de edad), y que ya no hay lugar a la discusión. Casi todos, por no decir todos, los argumentos comentados en contra de la nutrición basada en la evolución, son conceptos básicos de biología (o mejor dicho, biología evolutiva) y que han sido tratados ampliamente en este libro de texto clásico1. También es sorprendente que John  Harvey Kellog (un vegetariano) tenga más influencia en la nutrición que Charles Darwin (Staffan Lindeberg). El libro “On the origins of species” fue publicado hace 153 años, que es el que sienta las bases de la biología evolutiva. Existen también muchos artículos que abordan la necesidad de tener conocimientos de biología evolutiva para la medicina del siglo XXI2-4. Pero esta vez parece que se solicita mi opinión al respecto de este texto aparecido recientemente en la red.

 

 

Aclarando conceptos

 

Cuando expreso que no me siento identificado muchas veces cuando se habla de paleodieta lo digo por diferentes motivos. Uno, el término paleolítico, quizás no sea el más adecuado para definir esa alimentación ya que insta a pensar que se trata de una dieta de hombres de las cavernas y de violentos con lanzas en la mano. De lo que se trata es de imitar en lo posible el patrón alimenticio que el ser humano ha tenido durante su evolución como especie, teniendo en cuenta que esta dieta variaba mucho dependiendo de la geografía, la estación del año, nicho ecológico o las glaciaciones5. Esto es lo que se conoce como nutrición basada en la evolución, que sigue los principios de la biología evolutiva, antes mencionada. Más adelante explico por qué deberíamos considerar la biología evolutiva en nutrición. Pero llamarla paleolítica o de las cavernas o de la edad de piedra no es lo importante, lo relevante es buscar un patrón dietético que se adapte lo mejor posible a nuestra especie, igual que un roedor se adaptará mejor a una dieta de semillas que a una dieta basada en alimentos de origen animal. La nutrigenética busca precisamente analizar el genoma bien de un individuo o de una población para conocer qué alimentos son los más propicios para la salud, en función de si se está o no adaptado a los mismos. 

 

Segundo, muchos defensores de la paleodieta proponen que es rica en grasas y proteína, y baja en hidratos de carbono, entre otras características. Incluso, algunas personas defienden una dieta muy baja en hidratos de carbono y cetogénica (Very Low Carb Ketogenic Diet-VLCKD). Estas dietas pueden ser útiles en ciertas circunstancias o ante ciertas patologías, pero de forma general, ese concepto es erróneo debido a que una dieta paleolítica no tiene que ser necesariamente baja en hidratos de carbono y rica en proteínas. Existen poblaciones de cazadores-recolectores que siguen una dieta rica en grasa y proteína y baja en hidratos de carbono, pero también existen otras que tienen una ingesta de hidratos de carbono moderada a alta63, 64, y no por eso son menos sanas. Y la idea de que una dieta rica en hidratos de carbono produce picos de glucosa y consecuentemente de insulina, y que si se repite en el tiempo da lugar a resistencia a la insulina y posteriormente a obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 o hipertensión, no está clara, pues a pesar que existen algunos estudios de intervención en pacientes con Síndrome Metabólico, Diabetes Tipo II, acné y síndrome de ovarios poliquísticos (la resistencia a la insulina es una característica común66) donde que una dieta con restricción de hidratos de carbono o con bajo Índice Glucémico es superior a una dieta baja en grasa67-78, los estudios en individuos sanos no demuestran que una dieta rica en hidratos de carbono cause alteraciones metabólicas adversas y menos aún que lleve a la Obesidad, Síndrome Metabólico y Diabetes Tipo II 6-8, 13, 65. De forma importante, no está claro que el efecto de esos estudios con dietas con restricción de hidratos de carbono o bajo Índice Glucémico sea por los hidratos de carbono o Índice Glucémico en si, o por la restricción en compuestos bioactivos presentes en cereales79.

 

Existen además varias poblaciones tradicionales con un estilo de vida  no occidentalizado que consumen una dieta muy rica en hidratos de carbono, incluso hasta el 90% de la energía, pero tienen un estado de salud excepcional9-12. Cabe destacar que muchas personas que defienden la idea de que una dieta baja en carbohidratos suponga una ventaja metabólica, han encontrado en la paleodieta una especie de templo donde predicar su oración, debido a que existe el concepto erróneo que una dieta con restricción de cereales es necesariamente una dieta baja en hidratos de carbono; nada más lejos de la realidad13

 

Por todo lo anterior, una dieta paleolítica no tiene que ser necesariamente una dieta baja en hidratos de carbono y tampoco hay buena evidencia de que la simple restricción de carbohidratos sea mejor para la prevención y el tratamiento de las llamadas enfermedades de la civilización13. Es por tanto un error hablar de paleodieta y automáticamente decir que es peligrosa porque es hiperproteica y produce “daños irreparables”.  Recomiendo a los lectores los artículos de Sebastian et al.14 y de Eaton et al.15, para un mejor entendimiento del potencial acidificante de la dieta en la salud y el efecto de una dieta paleolítica en el equilibrio ácido/base. 

 

Primer gran error: meter en el mismo saco a la dieta VLCKD y a los que entendemos la nutrición desde una perspectiva evolutiva.

 

 

Hablando de macronutrientes

 

Si analizamos los estudios de intervención realizados con dieta paleolítica, comparada con la dieta mediterránea o de la American Diabetes Association (ADA), las diferencias son de 27.9% (dieta paleolítica) vs 20.5% (dieta mediterránea) y de 24% (dieta paleolítica) vs 20% (dieta ADA), respectivamente, en cuanto a porcentaje de calorías derivadas de proteínas16,17. Respecto a cantidad total de proteínas (sin tener en cuenta la ingesta energética total) no hubo ninguna diferencia, (90 gramos vs 89 gramos y 94 gramos vs 90 gramos, para la dieta paleolítica vs mediterránea y ADA, respectivamente). Además, en ninguno de los dos estudios la dieta paleolítica fue muy baja en hidratos de carbono, siendo los valores de 134 gramos17 y 125 gramos16. En el primer estudio la clasificaríamos de dieta normal en hidratos de carbono y en el segundo estudio de dieta moderada-baja en hidratos de carbono, pero no cetogénica. Es decir, aumentó el porcentaje de energía procedente de las proteínas sin aumentar la cantidad neta de proteína en la dieta, debido a la reducción en la ingesta calórica total en la paleodieta (a expensas de una reducción en la ingesta de carbohidratos frente a las dietas de referencia).

 

¿Proteínas peligrosas?

 

Aunque no defienda una dieta alta en proteínas como un requisito indispensable para hacer una alimentación sana, aprovecho para dejar claro un aspecto importante. Alrededor de las proteínas existen muchos mitos arraigados desde hace muchos años, probablemente iniciados tras un estudio publicado por Brenner et al. en la prestigiosa revista The New England Journal of Medicine18. Sus conclusiones fueron que en pacientes con enfermedad renal, ésta empeoraba si se aumentaba la ingesta de proteína. Ese es un hecho que ha sido demostrado muchas veces. No obstante, esos datos no se pueden extrapolar a pacientes sanos (del mismo modo que estudios con dietas bajas en carbohidratos hechos en pacientes con Síndrome Metabólico y/o Diabetes Tipo II tampoco se pueden extrapolar a personas sanas). En un estudio de intervención, se demostró que una ingesta de proteína de un 25% de la energía durante 6 meses no produjo alteraciones renales adversas, con una tasa de filtrado glomerular sin alteraciones y sin aumentar la albúmina urinaria19. En culturistas belgas, con una ingesta de proteínas de 2,8 gramos al día no hubo consecuencias adversas para la función renal20. En el conocido estudio observacional Nurse’s Health Study, los autores concluyeron que una ingesta elevada de proteínas no estaba asociada a un declive en la función renal en mujeres sin patología renal pre-existente21. En una excelente revisión sobre el tema, los autores concluyeron lo siguiente: “A pesar de que la restricción de proteína pueda ser apropiada en el tratamiento de patologías renales, no hemos encontrado evidencia de que una ingesta elevada de proteína afecte de forma negativa a la función renal de individuos sanos”22.

Interesantemente, algunos estudios han comparado el tipo frente a la cantidad de proteína en pacientes con enfermedad renal. En un estudio cruzado de 4 semanas de duración los investigadores probaron el efecto de dos fuentes de proteínas ingeridas en cantidades altas (1,35 gramos/kilo/día). Un grupo recibió proteína derivada de carne roja y el otro una combinación de proteínas derivadas de pescado y pollo. Los resultados fueron que al sustituir 1,35 g/kg/d de proteína de carne roja por la combinación de pescado/pollo en pacientes con diabetes tipo 2 y microalbuminuria patológica, se produjo una mayor reducción en la tasa de albuminuria incluso en comparación con una dieta baja en proteínas (0,62 g/kg/d)23. En otro estudio similar, los autores demostraron que una ingesta de proteínas normal, pero sustituyendo la carne roja por pollo y pescado, produce los mismos efectos favorables en la microalbuminuria que una dieta baja en proteínas (0,5 g/kg/d) en pacientes con diabetes tipo 124

 

En resumen, una dieta paleolítica no tiene que ser necesariamente alta en proteínas, pero además, la ingesta elevada de proteínas no compromete la función renal en pacientes sanos, y en pacientes con enfermedad renal, cambiar el tipo de proteína puede ser una intervención eficaz, más allá de la cantidad total.

 

La esperanza de vida

 

El siguiente mito que se repite continuamente en los comentarios acerca de la dieta paleolítica o nutrición evolutiva es que la esperanza de vida de nuestros antecesores no era mayor de 20 años, y que por lo tanto, esa es la razón por la que eran tan sanos (las enfermedades degenerativas no les alcanzaban en su corta existencia). El mismo argumento se esgrime a las poblaciones actuales de cazadores-recolectores u hortoculturistas. Este tema ya ha sido desmentido numerosas veces en la literatura científica hace muchos años25,26.

 

En primer lugar este comentario demuestra una confusión estadística notable. En una distribución normal de datos que se ajuste a la campana de Gauss, es lógico encontrar que la moda y la media se encuentren en valores próximos. En cambio, la distribución de la mortalidad en poblaciones de cazadores-recolectores y en poblaciones prehistóricas no se aproxima a la gaussiana, teniendo una forma en U, con un fuerte componente de la mortalidad infantil. Diversos estudios27-29 han demostrado que la mortalidad infantil en poblaciones contemporáneas de cazadores-recolectores es muy elevada, con un 30-40% de fallecimientos antes de los quince años de edad, la mayoría antes de los 5 años. Los estudios arqueológicos muestran que una vez superada esa edad de aproximadamente 15 años, la esperanza de vida era razonablemente elevada. Las tasas de mortalidad se elevaban a los 40 años, doblándose a los 60 y de nuevo a los 70. Gurven y Kaplan encontraron que la edad más probable de fallecimiento eran los 72 años. Es por ello que la esperanza de vida media no nos da ninguna indicación significativa sobre el modo de vida de estas poblaciones. En la isla de Kitava, estudiada por el Dr. Lindeberg, el 6% de una población de 2,300 habitantes, tenía entre 60 y 95 años de edad12,30. Además, las personas de avanzada edad no conocían la muerte por enfermedades de la civilización, alcanzando el final de su vida de forma natural.

 

Hay que destacar el hecho de que la esperanza de vida depende de los avances médicos, pero sobre todo de las medidas de salud pública y el estatus socioeconómico. La esperanza de vida de los humanos empezó a aumentar solo después del año 1800 y no desde el inicio de la revolución agrícola, como algunos opinan. La dieta poca influencia en la esperanza de vida, pero si tiene un rol fundamental en la calidad de la misma

 

La esperanza de vida en Londres en 1667 era menor de 18 años26. ¿La razón es que eran cazadores-recolectores o que las infecciones mermaban considerablemente la población infantil?; creo que la respuesta es clara. Se estima que la esperanza de vida desde la revolución agrícola (neolítico) nunca sobrepasó los 25 años de edad, e incluso el inicio de la revolución agrícola supuso un retroceso en la esperanza de vida25,26

 

 

Kitava

 

Vamos a analizar datos de poblaciones actuales con un estilo de vida, y sobre todo una alimentación, parecida a la de nuestros antecesores, en concreto los habitantes de la isla de Kitava, en Papúa Nueva Guinea, ampliamente estudiados por el Dr. Lindeberg12,31. Si a la edad de 50 años un hombre o una mujer sueca tuvieran el índice de masa corporal de los habitantes de Kitava, pesarían 19 o 22 kilogramos menos de lo que pesan en realidad31. Si comparamos la glucosa en ayunas entre los habitantes de Kitava y habitantes suecos, ajustados por edad y sexo vemos que, incluso las personas de 65 a 90 años en Kitava, tienen niveles que confirman la ausencia de diabetes independientemente de la edad (figura 1)32. El mismo patrón se observa con el peso corporal (figura 2), la hipertensión arterial (figura 3), los infartos de miocardio o ictus cerebral12,30,31.


Figura 1

Glucosa Kitava


Figura 2

Peso kitava


Figura 3

BP

 

Datos similares en otras poblaciones tradicionales fueron publicados por nuestro equipo de investigación en una revista científica “peer review”5, que pueden consultar aquí.

 

 

Si las momias hablasen

 

Si analizamos datos de poblaciones mediterráneas, incluida Creta (el modelo de la dieta mediterránea), la hipertensión y el ictus cerebral han sido prevalentes desde hace muchos años33,34. La aterosclerosis es la principal causa de las enfermedades cardiovasculares (ECV), en particular la angina de pecho e infarto de miocardio, pero también del ictus, fallo cardiaco y demencia. En los países occidentalizados, casi todas las personas de edad media y avanzada tienen aterosclerosis13. La cuestión es: ¿es normal que casi todas las personas en países occidentalizados tengan aterosclerosis?, ¿es un proceso normal de envejecimiento? o ¿es consecuencia de los hábitos alimenticios? Teniendo en cuenta que la dieta es uno de los principales factores desencadenantes, la aterosclerosis no es producida solamente por la introducción de la comida rápida, ya que existen datos de previos a la aparición de la comida rápida e incluso de la revolución industrial que demuestran la presencia de esta patología.

 

En un antiguo artículo publicado en la prestigiosa revista The Lancet en 1911, los autores indican tras analizar arterias de momias lo siguiente: “los antiguos egipcios sufrían con la misma frecuencia de lesiones arteriales idénticas a las que tenemos hoy en día. Además, cuando consideramos que pocas de las arterias estaban sanas, parece que esas lesiones eran tan frecuentes hace 3.000 años como lo son hoy en día”. Los autores destacan que el consumo de alcohol (no eran grandes bebedores de vino, y además en musulmanes también existe la aterosclerosis), la carne (era un lujo para ellos) o el estrés, no serían las posibles causas35. Por lo tanto, en una época totalmente libre de la influencia de los productos derivados de la revolución industrial, pero basada en alimentos derivados de la agricultura (principalmente cereales-trigo), las lesiones arteriales eran aparentemente tan frecuentes como en la actualidad, existiendo más datos que lo apoyan35-40

 

Afirmar que la prevalencia tan alta de enfermedades cardiovasculares es debida únicamente a los cambios de alimentación producidos por la comida rápida (Standard American Diet) y que alejarnos del patrón alimenticio mediterráneo es la causa de las ECV, es cuanto menos discutible, como mostraremos más adelante.

 

Hay que destacar que los egipcios comían cereales y no precisamente refinados. Otro aspecto muy importante a tener en cuenta para entender la nutrición desde una perspectiva evolutiva es, ¿qué es normal y qué no es normal? En este sentido, los estudios epidemiológicos se centran en comparar la incidencia o prevalencia de una enfermedad en comparación con lo normal. No obstante, lo normal en una población occidentalizada, puede que no sea lo normal en poblaciones de cazadores-recolectores donde la prevalencia de las enfermedades de la civilización es muy baja o cero5. Si el riesgo relativo “normal” es 1, alguien con un riesgo relativo de 0,75, tendría un riesgo bajo, y alguien con un riesgo relativo de 1,5 tendría un riesgo alto. Pero, ¿lo normal no sería tener un riesgo de 0 como ocurre en las poblaciones de cazadores-recolectores?, ¿quién quiere ser normal y tener un riesgo de ECV como la media?, ¡yo no! Este aspecto ha sido aclarado en este artículo del Dr. Lindeberg en la European Heart Journal41. Ver figura 4. Finalmente, ¿es posible que nadie siga las recomendaciones dietéticas?, porque casi nadie es capaz de mantener el perímetro de cintura como en las primera décadas de la vida, hecho que ocurre en casi todas las poblaciones tradicionales pre-agriculturales. Recordar que el ejercicio físico y la genética no explican completamente estos hechos, como analizaremos más tarde.


Figura 4

RR

 

Más evidencia, por favor

 

El texto al que estamos dando respuesta indica que una dieta paleolítica va en contra de “lo propuesto por la totalidad de las autoridades sanitarias o entidades de referencia en nutrición humana y dietética, incluidas las especializadas en nutrición deportiva”. Hay que ser realistas y poner la ciencia encima de la mesa. El hecho de que esté propuesto por autoridades sanitarias no quiere decir que esté basado en la evidencia científica, y aclaro lo escrito: existen diferentes grados de evidencia científica que van desde “alta” a “muy baja” o de la A-E, dependiendo del tipo de estudios que existan sobre un tema (epidemiológicos, de intervención, randomizados o no, etc). Para más información visitar la web de GRADE Working Group. 

 

Las recomendaciones dietéticas actuales suelen hablar en estos términos: “se ha demostrado científicamente la asociación entre el consumo de grasas, especialmente las trans y las saturadas, con la tasa de mortalidad de la población por ECV”. 

 

Cuando se menciona la palabra asociación, se indica que los datos son derivados de estudios de observación, y no de intervención, con las limitaciones que ello implica, sobre todo que no se puede establecer relación de causa-efecto. Otros aspectos que limitan mucho los resultados de los estudios de observación son, por lo general, datos basados en cuestionarios de alimentos (muy imprecisos y sujetos a la memoria del paciente), factores de confusión, el factor de conciencia de salud (es poco probable que alguien que se cuide y coma cereales integrales y verduras, a la vez fume y beba mucho), y el hecho de que los datos son presentados como riesgos relativos, que al pasar a riesgos absolutos o Number Needed to Treat, se diluyen (para más información, lea este artículo co-escrito por mi). 

 

Que exista una asociación entre grasas saturadas y ECV no quiere decir que la causa sea la ingesta de grasas saturadas, por ejemplo. Y ya que tomamos este ejemplo, y que muchas recomendaciones están hechas en base a meta-análisis de estudios epidemiológicos, respecto a las grasas saturadas, en un meta-análisis de estudios prospectivos de cohorte publicado en la prestigiosa revista The American Journal of Clinical Nutrition, los autores no encontraron asociación entre el consumo de grasas saturadas y enfermedades cardiovasculares42. Sin embargo, las autoridades sanitarias siguen recomendando reducir la ingesta de estas grasas a menos de un 10% de la energía total, una incoherencia.

 

Volviendo al tema de las recomendaciones dietéticas actuales, la realidad es que no hay suficiente evidencia que apoye la pirámide de alimentación propuesta por muchas autoridades sanitarias. Y para matizar este tema, hay que hacer énfasis en que la máxima evidencia deriva de estudios de intervención, controlados y aleatorios, donde los datos son reproducibles y con consenso entre diferentes equipos de investigación. Voy a dar algunos ejemplos. 

 

Una revisión sistemática de Cochrane sobre cereales integrales y enfermedad de las arterias coronarias, concluye que aunque haya consenso, derivado de estudios de observación, que los cereales integrales están inversamente asociados con las enfermedades de las arterias coronarias, los resultados hay que interpretarlos con cautela ya que los estudios identificados son de corta duración, poca calidad e insuficiente poder estadístico. La mayoría de los estudios estaban financiados por compañías con intereses comerciales en cereales integrales (importante aspecto a la hora de conseguir financiación para un estudio con dieta). Finalmente, indican que hacen falta más estudios para obtener conclusiones definitivas43

 

En las recomendaciones dietéticas para la diabetes, otra revisión sistemática de Cochrane concluye que no hay datos de alta calidad sobre la eficacia de las intervenciones dietéticas para la prevención de la diabetes. Los autores también afirman que se necesitan más estudios para sacar conclusiones claras44. La misma ADA en un reciente estudio, indica que excepto para la pérdida de peso, no hay evidencia A de dieta para el tratamiento de la diabetes45. El consejo Sueco de valoración de salud y tecnología, publicó una revisión sistemática sobre el tratamiento dietético en la diabetes, la conclusión fue que no existen estudios de alta calidad para hacer recomendaciones dietéticas en tratamiento de la diabetes tipo 246

 

En cuanto al papel de los cereales integrales en la inflamación crónica, un estudio de revisión concluye que los datos derivados de estudios de observación no corroboran los estudios de intervención, ya que no se ha visto un efecto beneficioso de la ingesta de cereales integrales en marcadores de inflamación47.

 

Lo mismo ocurre para muchas otras recomendaciones dietéticas que se hacen como si hubiera suficiente evidencia científica, como es el caso de los aceites vegetales48, la grasa saturada42, el colesterol49 o la fibra dietética13. Referente a la recomendación de aumentar el consumo de aceites vegetales omega-6, respaldada por la American Heart Association (AHA), está basada en una revisión donde los autores concluyeron que el consumo de aceites vegetales omega-6 disminuye la incidencia de eventos cardiovasculares. Sin embargo, en una revisión de Ramsden et al.48, se observó que las conclusiones hechas por los autores del artículo estaban basadas en 5 estudios que mezclaron aceites omega-6 y omega-3, y otros 4 que usaron como intervención sólo aceites vegetales omega-6, lo cual impide concluir que el consumo específico de aceite vegetal omega-6 reduzca la incidencia de ECV. Es más, al analizar los datos objetivamente, en los estudios donde utilizaron solamente aceite vegetal omega-6, no solo no redujeron el riesgo CV sino que produjeron un ligero aumento estadísticamente no significativo (figura 5). Por lo tanto, la recomendación de aumentar el consumo de aceites vegetales omega-6 al menos a un 5-10% de la energía, no tiene suficiente evidencia. Acerca de la leche pueden encontrar más información aquí.


Figura 5

N-6

 

 

Quiero dejar clara la posición de mi grupo de investigación acerca de la evidencia sobre la nutrición. En ningún momento hemos afirmado que la dieta paleolítica esté “respaldada por miles de estudios clínicos de nutrición”. Precisamente, los que me conocen y siguen mi trabajo, saben que constantemente solicito que se hagan más estudios de calidad para poder establecer recomendaciones basadas en la evidencia.

 

También quisiera aclarar que existen estudios de intervención con dieta mediterránea mostrando eficacia en ECV50 y en la diabetes tipo 251. Pero debido a que estos estudios presentan importantes limitaciones, no podemos sacar conclusiones firmes. En el Lyon Diet Heart Study, hubo mayor educación al grupo de intervención por parte de los investigadores, frente al control, y además se redujo el consumo de ácido linoleico a menos de un 4% de la energía total, importantes factores de confusión50. En el estudio PREDIMED51, un estudio de intervención con dieta mediterránea en diabetes tipo 2, el grupo de control hizo una dieta baja en grasa, la cual se ha demostrado que es perjudicial en mujeres con enfermedad cardiovascular52. Por lo tanto, tener como grupo control una dieta low-fat, asegura resultados positivos. En este sentido, la dieta mediterránea es un paso en la dirección correcta si la comparamos con la dieta típica occidental o Standard American Diet, pero posiblemente no es la dieta ideal.

 

Especial mención merecen dos estudios de intervención de largo plazo estudiando algunas de las recomendaciones oficiales en la incidencia de infarto de miocardio y eventos cardiovasculares. El Diet and Reinfarction Trial (DART study) publicado en The Lancet en 1989, verificó el efecto de aumentar la ingesta de fibra de cereales, en pacientes que habían sufrido un infarto de miocardio. Al cabo de 700 días, el porcentaje de sobrevivientes a un segundo infarto de miocardio fue menor en el grupo que aumentó la ingesta de fibra de cereales, aunque la diferencia no llegó a ser significativa53 (figura 6). En el Women’s Health Initiative Study, los investigadores dividieron a casi 49.000 mujeres postmenopáusicas en dos grupos. En uno de ellos recomendaron ingerir 5 raciones de frutas y verduras al día, disminuir la grasa total a un 20% e ingerir al menos 6 raciones de cereales integrales al día. Al cabo de 6 años, en las mujeres que tenían enfermedades cardiovasculares al inicio del estudio, el riesgo aumentó en un 26% en el grupo de intervención54 (figura 7). En el mismo estudio, en las mujeres que tenían diabetes al inicio del estudio, el control de glucosa empeoró al cabo de 2 años en el grupo de intervención (>6 raciones al día de cereales, 5 raciones al día de frutas y verduras y <20% energía de grasa)55. Es destacable que estos trabajos no son mencionados habitualmente cuando se habla de recomendaciones dietéticas, siendo estudios de intervención, con muestras muy grandes y de larga duración.


Figura 6

DART


Figura 7

WHI

 

En estudios de intervención aleatorios con grupo control, de corta duración (comento la limitación de una muestra pequeña), una dieta restringida en cereales, lácteos y aceites vegetales, es muy superior a la dieta mediterránea en pacientes con diabetes tipo 216,17 (figura 8, 9 y 10). Tampoco podemos obviar los resultados de estudios de intervención donde se compara un modelo dietético similar al que el ser humano tuvo durante su evolución con una dieta mediterránea o de la ADA, considerando que la mejoría en el control de glucosa fue mejor y estadísticamente significativa en la dieta paleolítica.


Figura 8

Glucosa-barras


Figura 9

Glucosa-linea


Figura 10

diabeticos

 

Recientemente el equipo de la Dra. Frassetto ha concluido otro estudio de intervención, de corta duración, en pacientes sanos sedentarios comparando los efectos de la dieta de la ADA con una dieta restringida en cereales y lácteos. Los alimentos fueron administrados por un comedor de un hospital y los investigadores se aseguraron de que no se producía pérdida de peso (importante ya que la ADA documenta que no hay evidencia A del efecto de la dieta en la diabetes más allá de la pérdida de peso)  y que la composición de macronutrientes (carbohidratos, proteínas y grasas) fuera la misma para los dos grupos—lo que indica que el efecto es producido por el “tipo” y no la proporción de macronutrientes o cantidad de alimentos. La dieta paleolítica produjo una reducción en la glucosa basal mucho mayor, y estadísticamente significativa, comparada con el grupo de la dieta de la ADA (datos no publicados). En la actualidad se está desarrollando un estudio de estas características en Suecia, pero con una muestra significativa y de larga duración. También está a punto de empezar otro estudio de larga duración en pacientes con diabetes tipo 2.

 

 

Haciendo tábula rasa

 

Llegados a este punto podemos decir que no hay suficiente evidencia para recomendar dietas bajas en grasa, dietas ricas en fibra, dieta mediterránea o dietas bajas en carbohidratos, entre otras13. Poniendo la ciencia por delante, tampoco hay evidencia suficiente (grado A) para recomendar una dieta restringida en cereales, lácteos, legumbres y aceites vegetales, sobre todo porque no hay estudios de larga duración con muestras con suficiente poder estadístico. Tampoco hay estudios que demuestren que son perjudiciales para la salud (no podemos asegurar lo mismo para dietas ricas en fibra de cereales y bajas en grasa), como se suele proclamar, entre otras cosas porque no son automáticamente dietas bajas en hidratos de carbono y cetogénicas16,17

 

La biología evolutiva aporta un paradigma del cual partir para realizar estudios con alimentación. En este sentido, como traté anteriormente, la epidemiología en poblaciones de cazadores-recolectores, comparada con otras poblaciones con hábitos alimenticios influidos por la revolución agrícola, es mucho más prometedora13, lo que se añade a los estudios de intervención cortos arriba citados. Todas las poblaciones que tienen una dieta adaptada a nuestro acervo evolutivo, tienen una prevalencia de síndrome metabólico mucho menor, o incluso inexistente13, que poblaciones como las mediterráneas. Y consistentemente, todas las poblaciones tradicionales que incorporan alimentos derivados de los cereales, aumentan la prevalencia de las enfermedades de la civilización, y la revierten volviendo a su estilo de vida tradicional56. Algunos argumentos que se suelen hacer para refutar estas observaciones, es argumentar que esas poblaciones tienen un factor de actividad física superior a los occidentales. Pero esa idea no es aplicable a todas las poblaciones y, por lo tanto, no parece ser la explicación. Por ejemplo, los habitantes de Kitava tienen una actividad física parecida a un obrero en Europa, pero el aspecto físico de un obrero a los 65 años en Kitava y en Europa es muy distinto31,57. Un reciente estudio en los Hadzabe de Tanzania también ha demostrado que realmente los cazadores-recolectores no tienen una actividad física más alta que en países occidentales58. Otro argumento muy frecuente es que tienen una cierta protección genética, pero la realidad es que estas poblaciones tienen una susceptibilidad genética aún mayor para sufrir las enfermedades de la civilización que los occidentalizados59,60.

 

Aprovecho para aclarar otro concepto acerca de la dieta paleolítica. Afirmar que debido a que nuestros antecesores no comían cereales, legumbres y lácteos, y que nuestro genoma no ha cambiado casi nada en los últimos 10,000 años (que si ha cambiado), y por tanto, no estamos adaptados a esos alimentos no es correcto científicamente, como podrán leer en nuestro artículo aquí. Lo correcto sería postular que probablemente, la mayoría de los seres humanos no estén completamente adaptados al consumo de los alimentos introducidos recientemente (a una escala evolutiva)5. Algunos ejemplos de adaptaciones a algunos alimentos neolíticos son la persistencia de la lactasa en adultos61 o el número de copias de genes de la amilasa salivar62.

 

Respecto a la afirmación hecha en el texto criticando a la dieta paleolítica, me gustaría hacer las siguientes reflexiones: se tacha de dieta mágica y de pseudociencia, o de dieta comúnmente propuesta por terapeutas alternativos, a un estilo de alimentación que nadie ha demostrado que sea perjudicial, del que existen estudios de observación (en los que se basan casi todas las recomendaciones de las autoridades sanitarias) demostrando una salud excepcional en poblaciones que la practican, y con estudios de intervención (de corta duración) que los comparan con las dietas aceptadas por la ortodoxia como sanas (en breve abordaré por qué es tan difícil hacer este tipo de estudios de intervención), donde se ha demostrado que es superior. 

 

En el artículo se llama ciencia a la idea de seguir lo que las recomendaciones de las autoridades sanitarias dictan sin pararse en ningún momento a poner en cuestión si esas recomendaciones están basadas en la evidencia o no. Recuerdo que los datos de estudios epidemiológicos no son evidencia A. ¿En qué lugar queda el razonamiento científico de dudar de una recomendación? ¿solo por el hecho de que sea lo recomendado significa que tiene evidencia?¿el hecho de que una hipótesis no esté respaldada por evidencia grado A (me refiero a estudios con alimentación basada en la evolución), sin haber estudios que demuestren que es falsa, significa que es errónea? Si usted fuera un paciente con diabetes tipo 2, viendo los resultados de las figuras 8-10, y teniendo en cuenta el efecto sobre el test de tolerancia oral a la glucosa, ¿qué intervención haría? (teniendo en cuenta la evidencia que existe en la actualidad). Cabe añadir, que uno de los autores de este artículo, tras solicitar a las autoridades el informe científico y referencias bibliográficas que apoyan a la pirámide nutricional recomendada en la actualidad, recibió por respuesta que “La Estrategia NAOS y la pirámide nutricional fueron desarrolladas por un grupo de expertos en nutrición y actividad física que contrató la AESAN tomando como referencias otras estrategias y pirámides nutricionales realizadas a nivel mundial y en otros países europeos”. Esta es toda la información que se recibió, sin ningún informe científico adicional o al menos un listado de referencias bibliográficas que consultar. Sería muy bueno, de cara a la transparencia frente a la sociedad y a la comunidad científica, poner a disposición el informe de investigación que apoya las recomendaciones, como hacen otras organizaciones gubernamentales a nivel internacional.

 

 

El pez que se muerde la cola

 

Una pregunta obligada es: ¿por qué no existen estudios de intervención de larga duración con alimentación basada en la evolución?. Una de las principales razones es que es muy difícil encontrar financiación para una dieta que restringe los cereales y los lácteos, dos grupos de alimentos que dan grandes beneficios a la industria alimentaria y otros negocios. Sin embargo, es relativamente fácil que una empresa de lácteos o de cereales integrales te financie un estudio, tal y como deja claro esta revisión sistemática de Cochrane43.

 

En cuanto a los comentarios acerca del U.S. News & World Report, precisamente mi equipo escribió un rebuttal que pueden leer aquí, y que aclara este tema. Para más información acerca de la evidencia de la nutrición y las enfermedades de la civilización, recomiendo este libro: Food and Western Diseases de Staffan Lindeberg. También recomiendo la lectura de nuestro artículo científico publicado en Research Reports in Clinical Cardiology: The Western Diet and Lifestyle and Diseases of Civilization

 

Conclusiones

 

Como conclusión final, me gustaría resaltar algunos puntos acerca de mi visión, y la de mi equipo de investigación, sobre la ciencia de la nutrición:

 

 

Maelán Fontes Villalba, MS

Doctorando en Nutrición

Center for Primary Health Care Research, Faculty of Medicine, Lund University

 

Óscar Picazo, MS

Doctorando en Nutrición

 

Pedro Carrera Bastos, MS

Doctorando en Nutrición

Center for Primary Health Care Research, Faculty of Medicine, Lund University

 

 

 

Referencias 

 

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Maelan Fontes Villalba, MS

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Algunas recomendaciones de alimentación están basadas en estudios observacionales y no siempre los datos de los estudios epidemiológicos se corroboran con estudios de intervención. Es decir, los datos de estudios observacionales establecen asociaciones, pero no causa-efecto, que permiten formular hipótesis para posteriormente testarlas con estudios de intervención.

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